En el año 2011, en el contexto de trabajo de un grupo de expertos, la Unión Europea trabajaba con científicos, filósofos, politólogos y economistas con el ánimo de definir el marco adecuado para una investigación e innovación responsables. De ahí surgió el concepto de RRI por sus siglas en inglés -Responsible Research and Innovation.  Allí se ponía de manifiesto que para adjetivar de responsable una investigación o una innovación no bastaba con que se cumplieran los principios de precaución y de parsimonia regulatoria. Es decir, la responsabilidad no se puede entender únicamente bajo el principio ético de “no dañar” analizando las posibles consecuencias de los resultados o productos de la investigación.

El desarrollo de una RRI implica ir más allá del principio ético de “no dañar” para combinarlo con el principio ético -proactivo- de buscar los “impactos correctos”. Como señala von Schomberg, uno de los máximos exponentes y defensores de la RRI, este sistema de gobernanza lleva a todos los agentes que intervienen en los procesos de investigación e innovación a “hacerse mutuamente responsables unos de otros con la vista puesta en la aceptabilidad, sostenibilidad y deseabilidad ética” de los procesos de investigación e innovación, así como de los productos comercializables.

Por tanto, los protagonistas de una investigación e innovación responsable no son ya únicamente los científicos sino también la ciudadanía, las empresas, la sociedad civil, los políticos, entre otros.

El momento actual que estamos viviendo con la COVID-19 ha puesto todavía más de manifiesto la importancia que los principios éticos tienen como señales de aquello indeseable pero también como orientaciones de la ciencia y la investigación que queremos. Desde luego, ha quedado claro que va en contra de nuestro sentido de justicia que los avances científicos no lleguen a todos por igual, independientemente de la procedencia, género, o edad del paciente. La alarma social que ha provocado saber que frente a la escasez de recursos se llegó a plantear, incluso a aplicar, la pauta de no atender con recursos sanitarios a personas de avanzada edad, argumentando que tenían menores posibilidades de supervivencia, es una muestra de la necesidad de generar confianza en la sociedad en todos los ámbitos, también en el de la investigación e innovación.

Generar tal confianza en nuestros sistemas de investigación e innovación requiere de una atmósfera de investigación donde todos los escenarios presentes y futuros se puedan reconocer. Desde ahí será más factible poder trazar caminos que minimicen las posibles amenazas, así como proporcionar información valiosa sobre alternativas viables que posibiliten una mejor toma de decisiones. Además, la integración de las perspectivas de las ciencias sociales y del humanismo es relevante como control y también porque crea oportunidades de diálogo y de toma de decisiones más reflexivas y a la altura, como diría Ortega y Gasset, del ideal de humanidad de nuestro tiempo. Por otra parte, esta “gobernanza anticipada” conlleva una “gobernanza democrática” que promueve la interacción entre varios agentes que integran valores, preocupaciones, intenciones y propósitos heterogéneos. La idea subyacente es que la investigación y la innovación tienen que democratizarse y deben comprometerse con el público para servir a éste.

Así pues, este marco europeo para la RRI se convierte en un requisito de la Unión Europea para que la comunidad científica y la sociedad trabajen conjuntamente. Para que las motivaciones, procesos y resultados de la ciencia respondan no sólo a las expectativas, los valores y la reflexión de los investigadores, sino también a los de la ciudadanía.

De ahí que se pueda afirmar que la RRI es un concepto que proviene de los legisladores e instituciones científicas de la UE en un proceso de arriba abajo. Pero que, al mismo tiempo, el propio concepto de RRI y su práctica implican también un proceso ascendente. Un proceso en el que se deben tener en cuenta las experiencias ya existentes, así como fomentar el aprendizaje mutuo con esta realidad.

Las barreras a las que se enfrenta el desarrollo de sistemas éticos de gobernanza de la investigación y la innovación son muchas. Las más acuciantes son: el tiempo, la financiación, los sistemas de recompensa, la capacitación de los investigadores y de los humanistas para trabajar conjuntamente con la ciencia de laboratorio, las expectativas de la producción científica y la división moral del trabajo. Algunas de estas dificultades son de carácter individual, pero otras son de nivel institucional.

En el proyecto europeo ETHNA System la Universitat Jaume I lidera un consorcio de 10 socios y 7 países que trabaja en el diseño e implementación de un sistema ético para favorecer el arraigo de prácticas y procesos de RRI en las organizaciones que financian o realizan investigaciones e innovaciones. El objetivo es impulsar una investigación e innovación ética utilizando el doble bucle del proceso “de arriba abajo” y “de abajo arriba”. Un tipo de investigación que en los tiempos de la COVID afronte sus retos desde una perspectiva ética y responsable, por ejemplo si es correcto tomar atajos para la búsqueda de una cura para la COVID-19 si con ello se pone en riesgo a quienes participan en las investigaciones o a las posteriores evoluciones de la cepa. El Sistema ETHNA tiene como pretensión facilitar el camino para alcanzar las mejores respuestas por la vía de trabajar a nivel institucional mediante una oficina de integridad que permitirá promover la responsabilidad en las prácticas de la investigación e innovación y en su aplicación sin dejar de estar en permanente contacto con la sociedad.

Elsa González-Esteban, Moral Philosophy Associate Professor (tenure) aElsa González-Esteban, Profesora Titular de Filosofía Moral de la Universitat Jaume I y Coordinadora del proyecto europeo ETHNA System